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EL DIARIO DE SOFÍA: El pastel de la discordia (parte 2)




Todos los invitados opinaron al respecto, decidieron que, como yo estaba de “payasa” y no quería morderle, los demás niños que querían morderle podrían pasar. Hicieron una fila, un niño tras otro deseando morder mi pastel. Y así fue. Entre todo el bullicio yo sólo sentía silencio. No pude más que quedarme parada, frente al pastel, sin hacer absolutamente nada más que observar cómo corrompían mi pastel, como violaban la perfección de mi pastel, me sentí mordida, me sentí ultrajada. Dejé de ser el centro. Dejó de ser mi fiesta, mi momento, me volví una más.


Cuando tuve a Marian, esa sensación regresó. Me convertí de nuevo en un pastel babeado, mordisqueado, cortado. Acostada en la camilla sólo podía ver la lámpara. La bata me la colocaron mal, lo cual no les importó en lo más mínimo. Estorbaba y al ponerme el suero, las sondas y todo lo que se le pone a una mujer al tener un hijo, me la quitaron, quedándome desnuda en la camilla. En un quirófano de tres por tres o menos, había diez pasantes, dos doctores, dos enfermeras y la anestesióloga. Todos viendo cómo me abrían el abdomen, me manipulaban y me operaban desnuda. Fui el pastel de los quince espectadores. Un pasante comentó: “Por eso quiero ser ginecólogo” mientras me veía los senos. En fin, nació Marian. Me dijeron que le diera un beso, pero no era capaz de entender qué estaba pasando. La enfermera insistió. Silencio. Entré en una crisis de ansiedad, comencé a temblar de forma incontrolable, el doctor sólo dijo: “Deja de moverte que todavía te estoy cerrando y te voy a cerrar mal”. Yo, sin comentarios. Cuando me llevaron a Marian para alimentarla, me dolía todo, la anestesia ya se había pasado. “Señora, levántese, su hija necesita comer o se va a morir”. Me levanté, hice lo posible, pero no lo lograba. Me convertí en un pastel que alimentaría al ser que acababa de traer al mundo, estaba partida, literalmente, por la cesárea y ahora sería mordida por mi propia hija, transgredirían mi ser.


Hoy en día Marian comparte su cumpleaños, su pastel y a su mamá con mi esposo, ya que ambos nacieron un tres de septiembre. Quizá su proceso de integración ha sido otro, ha sido diferente, le hemos enseñado que el pastel se comparte, que hay pastel para todos, que mientras más se comparta más se disfruta, que el pastel tiene un pedazo especial para cada persona. Soy yo la que me quedo sin habla al momento de sentir que me desplazan y me despojan de lo mío.


Como cuando tenía once años y mi tía Güeris nos cuidaba a mi hermana y a mí, puesto que mi mamá trabajaba. Un día nos dieron “una gran noticia”: mi tía sería abuela por vez primera. Todos festejaban, yo no supe qué hacer, decir, pensar. Corrí a una cortina, me enrollé en ella y me solté a llorar en silencio para no ser objeto de burla. Cuando nació mi sobrino sólo pensaba: “¿por qué naciste?” Con cierto desprecio. No obstante, me animaban (obligaban) a cargarlo, mimarlo, cuidarlo. Recuerdo perfectamente que en ese año hice mi primer ayuno de tres días para bajar de peso, cero comidas, sólo agua. Lo peor de todo es que me volví tan invisible que nadie notó mi grito ahogado pidiendo atención. De ahí en adelante el trastorno alimenticio ha formado parte de mi vida, ha sido el vocero de lo innombrable. Es el que rompe el silencio cuando se hacen notar mis huesos. Al mismo tiempo ha fungido como analgésico para el dolor de ser desplazada, de no tener mi propio pastel, de romper mi perfección, de no ser la única ni la mejor ni ser el centro del universo.


Parte de la recuperación es que en cada cumpleaños compro mi propio pastel, a mi gusto, del tamaño que yo deseo. Escojo a mis invitados (seres queridos) y comparto el pastel. Cada cumpleaños revivo mi trauma, pero al mismo tiempo lo resignifico eligiendo, actuando, hablando. Cantándome a mí misma las mañanitas, si es necesario, y mordiendo el pastel, si es que así lo deseo o no.

(Para que deje de ser el pastel de la discordia).

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