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EL DIARIO DE SOFÍA: El pastel de la discordia (parte 1)




Hace un par de semanas llegó Marian. Después del fin de semana con sus abuelos tenía una gran noticia: “¡Voy a tener una prima hermana!”, dijo con gran alegría. Yo no entendí en el momento (o no quise entender) de qué se trataba, hasta que le pregunté “¿De quién va a ser hija?” Y me respondió que del hermano de su papá, su tío “El Ino”. No me percaté del silencio hasta que mi esposo lo quebró con un “¡Felicidades!” Agregué otra felicitación, la cual no recuerdo con exactitud, ya que no estaba presente. Lo dejé pasar.


No articulé palabra al respecto hasta que un día en terapia empecé: “Hoy no quería conectarme, porque no sé de qué hablar, pero bueno, ya me conecté...” Lo único que llegó a mi cabeza para narrar fue que Marian tendrá una prima hermana, la cual se llamará Alexandra; vendrán de Nueva Zelanda a Puebla para que nazca aquí, en México.


De inmediato, me invadió una angustia única, pero conocida: una vieja amiga. Un miedo penetrante y paralizante. Frío. Silencio.

Mi terapeuta preguntó: ¿qué ocurría? ¿Qué sentía? “Ansiedad”, respondí.

Me di cuenta de que no me alegraba la noticia, reconocí que tenía miedo de que desplazaran a Marian por la nueva nieta. No quería (quiero) que existiera alguien más que Marian, no me parecía justo que tuviese que compartir a sus abuelos con otra persona, sobre todo cuando ella lleva seis años siendo la nieta consentida, la única, ¿por qué aparecería otra persona en la ecuación?


Además, me parecía injusto que la tía viniera a dar a luz a México sin antes haber vivido lo que yo viví en el embarazo: violencia y depresión. ¿Cómo alguien ajeno, en situación privilegiada, podría tener un parto mucho mejor que el mío y, aparte de todo, quitando a mi hija del centro?

Para mí no es razonable que esto ocurra, no es justo.


En esta semana llegó Marian con otra noticia más impactante que la previa, su prima puede nacer el 3 de septiembre, el día del cumpleaños de Marian. A mi hija le parece fascinante, a mí, en cambio, perturbador. Y es que recuerdo ese sentimiento de desplazamiento cuando fue mi tercer cumpleaños.


Tenía un vestido dorado con negro, zapatillas doradas, sombrero y guantes, era el centro de atención. Mi madre, como siempre, se lució con un peinado espectacular, inclusive con maquillaje. Pero lo que más me encantó de toda la decoración fue el pastel de tres pisos, enorme, de mi tamaño, gigante, monumental, me parecía ideal para mí. Lo veía hermoso como yo me percibía ese día. Al finalizar “Las Mañanitas” todos pedían que mordiera el pastel. No estaba dispuesta a arruinarlo y arruinarme, yo estaba impecable y reluciente, el pastel también. No lo haría, no lo hice. Lo siguiente es trauma.






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